La noción de ente
(Tomado de Metafísica Tomista de Jesús García López)
1. Definición nominal de "ente"
"Ente" es, ante todo, el participio activo del verbo "ser", y como tal significa "el que es", o mejor, "lo que es". En latín (ens, entis), de donde inmediatamente deriva, tiene igual función y significado; y lo mismo hay que decir de su correspondiente en griego (Ð< Ð<J@l)
Pero "ente" puede ser también tomado como nombre sustantivo, y ciertamente con el mismo significado anterior, aunque con una pequeña diferencia de matiz. Para entender esto consideremos otra palabra cualquiera del mismo estilo, por ejemplo, la palabra "estudiante". También ella es, ante todo, el participio activo del verbo "estudiar", y su significado, por tanto, es el siguiente: "el que estudia". Mas, como es claro, también la palabra "estudiante" puede ser tomada como nombre sustantivo, y la diferencia de matiz que su significado adquiere entonces es ésta: que antes, cuando se tomaba como participio, lo significado in recto era el "acto de estudiar", mientras que lo significado in obliquo era el “sujeto que estudia"; y en cambio, ahora, cuando se toma como nombre sustantivo, es al revés, que lo significado directamente es el sujeto que estudia, y lo significado indirectamente es el acto mismo de estudiar. Por eso, tomando esa palabra como nombre, puede aplicarse perfectamente a una persona que esté matriculada en unos estudios, aunque de hecho estudie poco o nada; pero, si se toma como participio, sólo puede aplicarse correctamente a la persona que estudia y en tanto que está estudiando.
Pues bien, eso mismo es lo que ocurre con la palabra "ente". Cuando se toma como participio significa in recto el acto mismo de ser, e in obliquo el sujeto que es o que tiene ser. Pero si se toma como nombre sustantivo, es al revés: su significación recta o directa es el sujeto que es, y su significación oblicua o indirecta, el acto de ser mismo.
No es de extrañar, por tanto, que, cuando se quiere subrayar el matiz concreto que se da a la palabra "ente", se usen otras palabras. Y así, para designar al ente como nombre, se usa en ocasiones la palabra "cosa" que destaca más lo que es que el ser mismo, y para designar al ente como participio se usa frecuentemente la expresión "lo existente" y también "lo real", aunque, en su momento, convendrá hacer otras precisiones sobre este punto.
2. Descripción real de la noción de ente
Aclarado el nombre con el que designamos a esta noción, vamos a tratar ahora de aclarar o de describir la noción misma a la que nos estamos refiriendo.
Para empezar digamos que se trata de una noción compleja o compuesta, puesto que entraña dos elementos, aunque estrechamente vinculados, el del sujeto que detenta el acto de ser y el acto de ser mismo de ese sujeto.
Por lo que se refiere al sujeto del acto de ser, todo lo que podemos por ahora decir es que está siempre dotado de alguna consistencia o modo de ser. Lo que es o existe siempre es algo determinado, y determinado hasta en su misma singularidad, pues las determinaciones abstractas y generales, que pueden, sin duda, darse en la mente, como objetos de otros tantos actos de intelección, no pueden, sin embargo, en ese estado de abstracción y generalidad, ser, existir o darse en la realidad. Así, pues, el sujeto del ser, o el primer elemento del ente, es una esencia enteramente determinada, es decir, que entraña determinaciones genéricas y específicas, pero también individuales, en suma es esta esencia.
Pero ¿qué es una esencia y en qué puede consistir su determinación completa hasta llegar al individuo? Esta pregunta tendrá que ser contestada más tarde.
Pasemos ahora al otro elemento del ente, o sea, el ser. Es, sin duda, el más importante, el decisivo a la hora de describir al ente. El sujeto del ser es siempre una esencia determinada, pero una cualquiera, no necesariamente ésta o aquélla. Cualquier esencia, siempre que lo sea de verdad y no una amalgama de notas contradictorias, incompatibles entre sí, puede ciertamente hacer de sujeto de un acto de ser o de existir. Pero el ser mismo es algo mucho más simple y, por decirlo así, más unívoco. Se nos presenta como una pura actualidad, como un darse efectivo en la realidad, como lo que pone precisamente en la realidad, o sea, fuera de la mente y fuera de la nada, a cualquier esencia de la que puede decirse que existe en ese momento.
También sobre esa pura actualidad del ser habremos de volver más adelante, y entonces se verá que hay varios modos de ser; que no es la misma actualidad la que confiere el ser "sustancial" y la que confiere el ser "accidental", o la actualidad del ser "inmortal" y la del ser "mortal" o "transitorio". Por lo cual tampoco se puede decir que el "ser" sea unívoco. Pero no podemos adelantar las cosas. Trataremos después, más despacio, todo este asunto.
Pero sí que podemos decir ahora que entre el sujeto del ser y el acto del ser se da una estrecha unidad en el seno del ente. Porque indudablemente el sujeto del ser (la esencia individual que sea) no es una "cosa", y tampoco es una "cosa" el mismo ser. Ya hemos visto que "cosa" es sinónimo de "ente", y por tanto toda cosa tiene una esencia y un ser, lo que nos llevaría a un proceso al infinito. Esencia individual y ser no son, pues, dos cosas, sino dos elementos o principios constitutivos de cada cosa, de cada ente.
Y se encuentran indisolublemente unidos, pues es imposible que la esencia se dé en la realidad si no tiene ser, y asimismo es imposible que se dé el ser sin alguna esencia. La noción de ente encierra así complejidad, entraña una cierta composición, al menos mental; pero no es una noción dividida, sino unitaria: la noción de "lo que es", "lo que existe", noción generalísima, que se extiende a todo, excepto a lo enteramente irreal, o si se quiere, a la pura nada.
3. La prioridad de la noción de ente
La noción de ente tiene, sin duda, cierta prioridad sobre todas las demás nociones. No ciertamente en el orden cronológico, como si fuera la primera noción ,que, de manera explícita y precisa, formara el intelecto humano, todo intelecto humano; pero sí en cuanto a su naturaleza o contenido, porque todas las demás nociones la suponen o la contienen dentro de sí mismas.
En efecto, partamos de la noción que partamos, sea más abstracta, sea más concreta, si nos ponemos a analizada, encontraremos en ella al "ente" o a la "cosa" como trasfondo último, como resultado final de la tarea analizadora. Si partimos, por ejemplo, de la noción de "perro", veremos, al analizarla, que se trata de un animal, y que un animal es un viviente, y que un viviente es una sustancia, y que una sustancia es un ente, algo que existe. Y así en todas las nociones. Lo mismo ocurre cuando queremos, no analizar una noción dada, sino construir una noción nueva; lo primero de que tenemos que echar mano es de la noción de ente, es el punto partida necesario para elaborar cualquier noción real.
Por consiguiente, la prioridad que tiene la noción de ente sobre todas las demás es más de carácter formal que material, o sea, que en toda noción o con toda noción se forma también la noción de ente, como la primera formalidad necesaria de su constitución; de parecida manera que, cuando vemos una cosa cualquiera, lo primero que vemos, la primera formalidad "visible" que captamos en ella, es el "color" más o menos iluminado, pues nada puede ser visto sin el color iluminado que nos lo hace visible.
Y también puede decirse que, en algún aspecto, el ente es lo primeramente conocido por nuestro intelecto, incluso cronológicamente hablando. En efecto, en el orden del conocimiento confuso, el ente (no ciertamente abstraído, sino embebido o concretado en alguna cosa sensible, dada a nuestros sentidos) es lo primero que de una manera absoluta concibe el intelecto humano, todo intelecto humano. Pero claro está que en el orden del conocimiento confuso, pues si se trata de un conocimiento claramente delimitado o preciso, y con el grado de abstracción requerido, la noción de ente no es entonces la primera que formamos, dado que su elaboración es difícil y exige una buena dosis de esfuerzo intelectual.
4. El carácter trascendental de la noción de ente
Además de la susodicha prioridad sobre las demás nociones, tiene la noción de ente otra característica muy peculiar que se conoce con el nombre de "trascendentalidad". Se trata de lo siguiente: el ente se puede atribuir o predicar, como es obvio, de todas las cosas, y ello no sólo expresando lo que hay de común a todas ellas, sino también -y esto es lo extraño- lo que hay de propio o privativo de cada una. Veámoslo despacio.
Entre la noción de ente y las nociones genéricas o específicas hay estas dos diferencias esenciales: primera, las nociones genéricas o específicas no se pueden atribuir a todas las cosas, sino sólo a algunas de ellas, y en cambio la noción de ente se puede atribuir a todo, como ya se ha dicho; segunda, las nociones genéricas o específicas no contienen más que lo que es común a todos los "sujetos" a los que se extiende ese género o esa especie, pero la noción de ente no sólo contiene lo que es común a todos los entes, sino también lo que es propio de cada uno.
Pues bien, la primera de esas diferencias es fácil de explicar. Los géneros, aunque se trate de los llamados "géneros supremos", no se extienden a todo lo que existe, sino a un sector o ámbito determinado de la realidad. Y mucho más ocurre esto con las especies. Poniendo ejemplos de los "géneros supremos", tenemos que el género de la "sustancia" no comprende el género de la "cualidad", ni el de la "relación", ni el de la "acción", etc.. En cambio, la noción de ente se extiende a todo, a las sustancias que son entes "en sí", a las cualidades que son entes accidentalmente "determinativos" de las sustancias, a las relaciones, que son entes "conectivos" de unas sustancias con otras, etc.
En cuanto a la segunda diferencia, la explicación que cabe dar es la siguiente. Para formar una noción genérica o específica se procede, por abstracción, a retener las notas que son comunes a las especies de un mismo género, o a los individuos de una misma especie, y al mismo tiempo, se prescinde, o se dejan de considerar las notas características de cada una de las especies encerradas en ese género, o de cada uno de los individuos contenidos en esa especie. Y de modo análogo, cuando se trata de concretar, o sea, de descender de las nociones genéricas a las específicas, o de las especies a los individuos, lo que se hace es las diferencias de que antes se había prescindido, o sea, que a los géneros añaden las diferencias específicas, y a las especies se les añaden las diferencias individuales.
Sin embargo, en la noción de ente no ocurre lo mismo. Porque las diferencias que dividen a los entes son también, en algún sentido, entes; ya que si no lo fueran serían realmente nada, y la nada no puede diferenciar a unos entes de otros. De suerte que la misma noción de ente ha de servir para expresar, tanto lo que todos los entes tienen de común, como lo que cada ente tiene de propio y de exclusivo.
Por eso la noción de ente no se puede formar por abstracción precisiva, como se forman las nociones genéricas o específicas, sino que se ha de formar por abstracción confusiva, o sea, embebiendo confusamente en dicha noción universal de ente todas las diferencias entre los entes. Y así la noción de ente, además de contener explícitamente lo que es común a todos los entes, contendrá también, aunque ahora de modo implícito y confuso, lo que es privativo y distintivo de cada ente.
Y cuando se produzca el movimiento inverso a la abstracción, o sea, la concreción de esa noción universal de ente a cada ente o a cada modalidad de entes, el procedimiento adecuado no será añadir a dicha noción otras nociones distintas y exteriores que expresen las diferencias entre los entes, sino más bien sacar o extraer de la misma noción de ente lo que ya se contenía en ella de modo implícito; es decir, hacer explícito y claro lo que antes era sólo implícito y confuso.
Si se quiere profundizar algo más en esta característica de la noción de ente, se puede también tener en cuenta que las nociones genéricas y específicas, precisamente porque no abarcan toda la realidad, pueden muy bien dejar fuera dejar fuera de ellas a las diferencias, ya genéricas, ya específicas, ya individuales, que luego se les unirán o añadirán, en el proceso de la concreción. Pero, evidentemente, que ese “dejar fuera" no es posible cuando la noción de que se trata es la de ente, que se extiende a todo. Porque lo único que queda fuera de la noción de ente es el no ente, o sea, la nada absoluta, y es claro que la nada no puede constituir ninguna diferencia entre los entes. Por eso si las diferencias que distinguen a unos entes de otros se encontraran fuera de la noción de ente, tales diferencias no serían entes, no existirían, y en consecuencia no habría muchos entes, sino uno solo. Conclusión que choca abiertamente con la experiencia más elemental.
En suma, la noción de ente no es ningún género, ni siquiera el género último o absolutamente superior, el género de todos los géneros, sino que es una noción trascendental



