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Substancia y accidentes

por Romen
domingo, 22 de noviembre del 2009 a las 20:56
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Tomado de Metafísica, T. Alvira

Después de considerar la naturaleza y la noción de ente, la metafísica estudia, a la luz de esa noción fundamental, las diversas modalidades de entes que se dan en el universo. Entre ellas, hay que destacar los accidentes y la sustancia, que son los modos fundamentales de ser (los predicamentos) a los que puede reducirse la realidad creada.

1.NATURALEZA DE  LA SUSTANCIA Y LOS ACCIDENTES

1.Primera descripción de estos dos modos de ser

Además de algunas mutaciones más profundas en las que una cosa deja de ser lo que era (cambios sustanciales: muerte de un viviente, transformación de una sustancia química en otra, etc. ) tenemos una experiencia inmediata y constante de cambios accidentales, en los que una realidad varía sólo en sus aspectos secundarios, sin perder su naturaleza: por ejemplo, el agua al cambiar de temperatura no deja de ser agua, una persona sigue siendo la misma a pesar  de la variación de estados de ánimo, de salud o enfermedad, etc. Las mutaciones accidentales manifiestan, pues, que en las cosas existe un sustrato permanente y estable, la sustancia, y unas perfecciones secundarias y mudables, que son los accidentes.

Otra característica que diferencia estos dos modos de ser es que en cada cosa hay un solo núcleo sustancial, pero afectado por múltiples modificaciones accidentales; así, un ciprés es un único sujeto con muchas características secundarias: tipo de hojas y frutos, disposición de las ramas, color, etc.

Esta breve descripción es suficiente para advertir que todos los hombres poseen de modo espontáneo un cierto conocimiento, aunque sea impreciso, de lo que son la sustancia y los accidentes; y así, es frecuente oír hablar de la modificación sustancial de una ley, de que un determinado asunto es accidental; también se habla de sustancias químicas y de sus propiedades, que son un tipo de accidentes, etc. Se trata ahora de precisar la naturaleza de estas realidades, profundizando en sus características y en sus relaciones mutuas.

Para Aristóteles está claro lo que es un ente; es decir, la ousia (esencia o sustancia) en el sentido primario. En los cambios que afectan para nada a la identidad de la sustancia él ve confirmada la validez de su esquema sustancia-accidentes.

La sustancia

Constituye el elemento más importante de cada cosa, y presenta dos aspectos fundamentales:

a) Es el sujeto o substrato, en el que se asientan los accidentes; de ahí se deriva el mismo nombre de «sustancia», pues en latín substancia es lo que sub-stat, lo que está debajo.

b) Esa función se basa a su vez en que la sustancia es lo subsistente,- esto significa que no es en otra cosa, sino en sí misma, al contrario de los accidentes que, para ser, necesitan apoyarse en un sujeto, que es precisamente la sustancia. Un hombre, una trucha, un abeto, son sustancias porque subsisten, tienen ser propio, distinto del ser de todo lo demás; mientras el color, el tamaño o la figura son realidades accidentales, que requieren un sujeto ya existente.

De esta segunda característica se torna su definición: la sustancia es aquella realidad a cuya esencia o naturaleza le compete ser en sí, no en otro sujeto. Así, un perro es una sustancia porque, por su esencia o naturaleza, le corresponde subsistir en sí, existir como un individuo distinto y separado de los otros y de lo que le rodea[1].

En esta definición hay que explicar por qué se dice «a cuya esencia o naturaleza le compete ... », y no, de modo más directo, sustancia es un ente que es en sí. Como vimos al hablar del ente, éste se contrae a modos especiales de ser en virtud de la esencia, que justamente marca el modo en que una cosa es. Así, alguien es hombre gracias a la esencia humana, que le confiere un modo de ser específico, distinto del de otras cosas, y por el que es un sujeto capaz de subsistir (una sustancia)[2]. En cambio, los accidentes siempre se encuentran en otro; por ejemplo, es de la misma esencia del color inherir en algo, modificándolo, y por eso no existe la blancura separada, sino una pared, un coche, un vestido... blancos. No es, pues, propiamente en virtud del acto de ser, sino de la esencia, por lo que algo es sustancia y no accidente; y por eso en la definición de sustancia ha de intervenir la esencia, que es el principio diversificador del ser.

Se entiende entonces por qué el término esencia se utiliza a veces como equivalente de sustancia. La esencia determina un modo de ser al que compete subsistir; y la sustancia no es más que ese modo de ser subsistiendo. Sin embargo, esencia y sustancia no son perfectamente sinónimos: ambos se refieren a la misma realidad, pero esencia la designa más bien en cuanto constituye un modo de ser determinado y concreto, por el que el ente se incluye en una especie (hombre, perro, caballo, etc), mientras que con el término sustancia se quiere recalcar que recibe el esse como propio (subsiste) y que es sustrato para los accidentes (substat).

Aristóteles estableció la distinción entre el significado real (sustancia primera) y el significado lógico (sustancia segunda). Sustancias primeras son cada una de las que existen en la realidad, en los existentes singulares: la sustancia de este caballo, de este niño, de aquel cedro, o, más general, de «este algo» (=hoc aliquid). Sustancia segunda es la consideración universal o abstracta de la esencia de una sustancia primera; por ejemplo, podemos hablar en general de la sustancia «águila», «hombre» «sodio» o «carbono»; este significado se basa en el hecho de que, por su esencia, la sustancia primera no sólo es capaz de subsistir, sino que también se coloca dentro de una especie.

Los accidentes

Su descripción nos los ha presentado como perfecciones múltiples que inhieren en un único sujeto permanente, y además, como determinaciones derivadas y secundarias del núcleo central de una cosa. Lo que los caracteriza, pues, de modo radical, es su dependencia con respecto a la sustancia. No tienen autonomía alguna.  De ahí la definición común a todos ellos: los accidentes son realidades a cuya esencia le conviene ser en otro como en su sujeto. Mientras lo más propio de la sustancia es subsistir, lo constitutivo de cualquier accidente es «ser en otro» (esse in o inesse).

Igual que la sustancia tiene una naturaleza a la que le conviene subsistir y que sitúa al sujeto en una especie, así cada accidente posee también una esencia propia, que distingue a unos accidentes de otros, y a la que le corresponde depender del ser de un sujeto. Por ejemplo, el color tiene una esencia diversa que la temperatura, aunque a ninguna de las dos le compete tener ser propio, sino que son en alguna sustancia.

Existe una gran variedad de accidentes, que podemos clasificar según distintos criterios. Para una primera visión de su diversidad, puede servir, por ejemplo, la siguiente clasificación de los accidentes según su origen:

a) Accidentes propios de la especie: son aquéllos que surgen de los principios específicos de la esencia de una cosa y constituyen, por tanto, las propiedades comunes a todos los individuos de una misma especie; por ejemplo, la figura propia del caballo, o bien, en el hombre, su facultad de entender y querer, su sociabilidad, el reír y llorar.

b) Accidentes inseparables de cada individuo: nacen del modo concreto como la especie se realiza en cada individuo; por ejemplo, ser alto o bajo, rubio o moreno, hombre o mujer, son características individuales que tienen una causa permanente en el sujeto.

c) Accidentes separables, como estar sentado, caminar, estudiar, etc., que proceden de los principios internos del sujeto, pero le afectan sólo de modo transeúnte.

d) Accidentes que proceden de un agente externo: algunos son violentos, como una quemadura, o la enfermedad provocada por un virus; otros, en cambio, perfeccionan a quien los recibe, como la ayuda de otra persona o la enseñanza.

El accidente metafísico y lógico

Desde el punto de vista metafísico, es decir, atendiendo al ser de las casas, no hay término medio entre la sustancia y los accidentes: cualquier realidad, o es en sí o es en otro. Por eso no debe extrañar que propiedades tan importantes del hombre, como la inteligencia y la  voluntad, deban incluirse entre los accidentes, pues no subsisten en sí mismas, sino en el sujeto. El distintivo de los accidentes no es ser  algo poco importante, de lo que se puede prescindir, sino su ser en otro; y así, hay accidentes de gran trascendencia, como el querer, y otros de menor relieve, como estar sentado.

Sin embargo, en la lógica  los accidentes propios de la especie, que se predican de modo necesario de todos sus individuos, reciben la denominación precisa de «propiedades» o «propios»; en cambio, el término «accidente» se reserva para las características que pueden darse o no en cada uno de sus individuos. Desde esta perspectiva las «propiedades» son, de alguna manera, un término medio entre la substancia y los «accidentes».

En el lenguaje común, muchas veces la palabra accidente se entiende en un sentido distinto, como sinónimo de algo extrínseco, yuxtapuesto, de lo que se puede prescindir. En esta acepción del término se olvida que los accidentes, como veremos, guardan una estrecha relación con la sustancia. Así, por ejemplo, la vida de los hombres (sustancias) depende en gran medida de su educación, hábitos morales, etc. (accidentes).

1. EL SER, ACTO PROPIO DE LA SUSTANCIA

El ser de la sustancia y de los accidentes

Hablando con precisión, sólo es lo que tiene el ser como algo propio, lo que existe separado e independiente; y esto sólo corresponde a la sustancia. Por el contrario, «los accidentes, como no subsisten, no tienen propiamente ser, sino que más bien su sujeto es, de un modo u otro, según esos accidentes»[3]; la cantidad de un caballo no es, ni tampoco su color o su figura, sino que el caballo es pesado, es blanco y esbelto, justamente por tener esos accidentes.

En definitiva, los accidentes no poseen un acto de ser «en propiedad», sino que dependen del ser de su sustancia; así, la medida de 5 kilos sólo existe en un cuerpo que tenga ese peso. Esto no significa que los accidentes no sean nada, sino que sólo son -es decir, son reales- en cuanto forman parte de un sujeto, constituyendo determinaciones suyas. Por tanto, el accidente implica siempre imperfección, ya que «su ser consiste en ser en otro y depender de él y, por consiguiente, en entrar en composición con un sujeto»[4].

Otra manera de entender que los accidentes no tienen ser propio, es observar que sólo hablamos de generación y corrupción -adquisición y pérdida de ser- en el caso de la sustancia. La blancura, por ejemplo, no se genera ni se corrompe, sino que son los cuerpos los que se vuelven blancos o pierden este color. Sólo decimos que los accidentes se hacen o se corrompen, en cuanto su sujeto empieza o deja de ser en acto según esos accidentes.

1.La sustancia, ente en sentido propio

Como consecuencia del diverso modo en que les conviene el ser, «ente» se predica de la sustancia y de los accidentes en sentido análogo: de manera en parte igual –ambos son- y en parte distinta, pues la sustancia es en virtud de un acto de ser propio, y los accidentes son apoyándose en la substancia[5]. De ahí que el nombre de ente se atribuya con propiedad a la sustancia. Por el contrario a los accidentes más habría que llamarlos «algo del ente».

En la predicación analógica siempre hay una realidad a la que el término análogo conviene de modo principal y propio, mientras que a otras realidades se les aplica por su relación con esa primera. Por ejemplo, los diversos sentidos de la libertad (política, de expresión, de enseñanza, etc.) remiten a un significado primero, que es la libertad personal. En el caso del ente, el analogado principal es la sustancia, siendo los accidentes los analogados secundarios, que se llaman entes sólo por su relación con la sustancia de tal modo que si se quitara la sustancia, se suprimirían también los otros significados de ente. En este sentido, la sustancia es el fundamento de todos los demás modos de ser. Los accidentes pueden llamarse «entes» porque dicen relación a la sustancia: bien porque son su cantidad o cualidades, o bien cualquier otra determinación suya.

3. EL COMPUESTO DE SUSTANCIA Y ACCIDENTES

Después de considerar la naturaleza propia de estos dos modos de ser, interesa poner de manifiesto de qué manera se relacionan en la realidad de cada ente singular.

Distinción real

La sustancia y los accidentes son realmente distintos. Esto se advierte con claridad al observar los cambios accidentales, en los que algunas perfecciones secundarias desaparecen para dar paso a otras nuevas, sin que por ello cambie la sustancia en sí misma. Esas mutaciones sólo son posibles si los accidentes son algo realmente distinto del sujeto en el que inhieren; por ejemplo, el color de una manzana es algo distinto de ella misma, y prueba de ello es que las manzanas cambian de color cuando maduran, sin dejar de ser lo que son.

Pero no sólo son distintos de la sustancia los accidentes fácilmente mudables, sino todos, precisamente en virtud de la esencia de cada uno de ellos. Así, a la cantidad le conviene por naturaleza ser divisible, mientras la sustancia por sí misma es algo uno e indivisible; si la relación es una referencia a otro, la sustancia, en cambio, indica algo independiente.

De estos dos elementos del compuesto el más importante, como ya hemos visto, es la sustancia, que tiene una consistencia real superior a la de los accidentes. La sustancia determina precisamente el contenido fundamental de las cosas, les hace ser lo que son: flor, elefante, hombre. Los accidentes, por el contrario, dependen del núcleo sustancial y son determinaciones suyas.

Unidad del compuesto

La distinción real que acabamos de afirmar parece comprometer la unidad del ente concreto; y así sucede, en efecto, en aquellas doctrinas que conciben la sustancia como un sustrato desvinculado de los accidentes, que simplemente se yuxtaponen a ella de modo extrínseco. Por el contrario, hay que decir que la distinción real de sustancia y accidentes no destruye la unidad del ente, pues no son varios entes que se unen para formar un conjunto, como los diversos elementos decorativos que componen una habitación. Hay un solo ente en sentido propio, que es la sustancia; lo demás, como hemos visto, es únicamente «algo de ella». Por ejemplo, un árbol, aunque tiene muchas características accidentales, no deja de ser uno. Los accidentes no son algo ya acabado, realidades autónomas que se suman a la sustancia, sino sólo modificaciones suyas que la completan, y por tanto no dan lugar a una pluralidad de cosas yuxtapuestas.

La unidad del compuesto se nos hace patente también en el caso de las operaciones; por ejemplo, un animal realiza muchas acciones diversas, que no menoscaban su unidad; al contrario, todo su obrar forma un conjunto unificado y armónico, precisamente porque el sujeto que actúa es único; así en el caso del hombre, no es la inteligencia la que entiende y la voluntad la que quiere, sino la persona por medio de esas facultades, y por eso todas sus operaciones gozan de una unidad profunda.

En las doctrinas empiristas la sustancia es concebida como algo permanente, inmóvil e invariable, que subyace al flujo de los cambios accidentales. De esta manera, en lugar de unidad tendríamos mera yuxtaposición entre sustancia y accidentes. En realidad, los accidentes son algo de la sustancia y el cambio accidental supone que la sustancia misma cambia, aunque sólo sea accidentalmente. En el empirismo la sustancia, como fondo totalmente inmóvil, queda reducida en definitiva a un elemento del que se puede prescindir.

El ser, fundamento de la unidad de sustancia y accidente

El ente es un cierto todo, compuesto de una sustancia y unos accidentes determinados. Se trata, pues, de elementos que forman una unidad, y no se encuentran separados; en la realidad no se dan accidentes sin sustancia, ni sustancia sin accidentes[6]. No obstante, estas realidades están a distinto nivel, porque los accidentes dependen del ser de la sustancia, y no al revés. Por tanto, el compuesto o el todo es en virtud del acto de ser (actos essendi) de la sustancia, del que participan también cada uno de sus accidentes.

El ser propio de cada cosa es sólo uno. Por eso, toda la realidad sustancial y accidental de un ente, «es» en virtud de un único acto de ser, que pertenece propiamente a la sustancia. El ente posee el ser según un modo determinado por su esencia específica, que es la esencia de la sustancia; y de esa perfección sustancial derivan una multitud de perfecciones accidentales, correspondientes a ese modo de ser. Por ejemplo, cada hombre es un único ente que posee el ser según su esencia o naturaleza humana, y de ese grado de intensidad de ser surgen sus perfecciones accidentales: una determinada complexión corporal, un conjunto de facultades sensitivas y motoras, las operaciones espirituales, etc.

En el ente hay, pues, un único ser (actos essendi), que es el de la sustancia; en virtud de ese mismo ser son reales también los accidentes, que carecen de ser propio. Algunos tomistas, sin embargo, hablan de que los accidentes tienen un ser distinto del de la sustancia, oscureciendo así la unidad radical del ente. Santo Tomás, en efecto, utiliza en ocasiones la terminología esse substantiale y esse accidentale, pero en esos casos esse no parece significar estrictamente el actos essendi, sino que tiene un sentido más amplio: el hecho de ser real (esse in actu); y no cabe duda de que todo ente tiene realmente accidentes que son distintos de su sustancia, pero todo ello gracias a un único acto de ser que, como vimos, compete a la sustancia.

El triple modo de relacionarse la sustancia y los accidentes

Para completar este tema del compuesto de sustancia y accidentes, puede ser útil examinar brevemente los tres aspectos principales de su conexión mutua:

a) La sustancia es sustrato del accidente, no sólo en cuanto es su soporte, sino en cuanto le da el ser.

b) La sustancia es causa de aquellos accidentes que derivan de ella misma: la figura de un animal, por ejemplo, es un efecto de sus principios esenciales y por eso a todos los individuos de una especie les corresponde una figura similar.

c) La sustancia tiene una capacidad pasiva (potencia) de recibir el ulterior perfeccionamiento que le confieren los accidentes, que por eso se llaman también formas o actos accidentales; por ejemplo, las operaciones, que son accidentes, constituyen como un acabamiento, una perfección para la cual su sustancia se encuentra en potencia.

La relación entre sustancia y accidentes puede resultar paradójica: por una parte, la sustancia es causa de los accidentes, y, al mismo tiempo, está en potencia para recibirlos. Desaparece esa paradoja si consideramos que sustancia y accidentes son dos principios de la cosa que se exigen de forma recíproca, ejerciendo un influjo mutuo, y que no pueden existir por separado. Además, la sustancia es acto y potencia en relación a los accidentes bajo aspectos diversos: es acto en cuanto les da a participar su propio ser, y es potencia en la medida en que ella misma es perfeccionada por sus accidentes; y así, un hombre realiza una serie de operaciones que proceden de la actualidad de su sustancia, y a su vez esas acciones revierten sobre él y lo perfeccionan.

4. EL CONOCIMIENTO DE LA SUSTANCIA Y LOS ACCIDENTES

La naturaleza de la sustancia y los accidentes y su mutua vinculación determina el modo como los conocemos.

La composición sustancia-accidentes se conoce con la inteligencia a partir de los datos suministrados por los sentidos. El conocimiento sensible se refiere siempre a los accidentes de las cosas, mientras la inteligencia alcanza por medio de ellos su fuente y fundamento, que es la sustancia; y si la inteligencia puede alcanzarla, es porque los accidentes no son como un velo que esconde la sustancia, sino que por el contrario, la manifiestan.

Como su objeto propio es el ente, el entendimiento no se limita a captar los aspectos más periféricos de las cosas, sino que conoce «todo lo que es», el ente completo, con todas sus determinaciones reales; y por tanto lo percibe como un todo compuesto de sustancia y accidentes, sin quedarse en una mera unificación de facetas o aspectos. Sin embargo, la distinción entre sustancia y accidentes no cabe conocerla con los sentidos externos ni internos (por ejemplo, no puede representarse con la imaginación), pues éstos perciben propiamente sólo accidentes[7].

En nuestro conocimiento del ente singular y concreto se da un continuo ir y venir de la sustancia a los accidentes, que, por motivos de claridad, podríamos agrupar en tres etapas:

a) Conocimiento confuso del compuesto. Cuando nos encontramos ante un objeto desconocido, aunque no sepamos con precisión cuál es su naturaleza, entendemos que las cualidades inmediatamente presentes a nuestros sentidos -su color, su figura, su tamaño, etc.- no constituyen realidades independientes, sino que componen una unidad por su pertenencia a una sustancia. Y así, desde el primer momento conocemos los accidentes como manifestaciones secundarias de un sujeto que subsiste en sí mismo, aunque no sepamos todavía de qué tipo de sustancia se trata. Como lo primero conocido por la inteligencia es el ente, y el ente en sentido propio es la sustancia, nuestro entendimiento no puede captar los accidentes sin entender simultáneamente su sujeto, ya que no puede tener evidencia ni descansar en algo que propiamente no tiene ser.

b) De los accidentes a la sustancia. Una vez conocido de manera imprecisa el sujeto de los accidentes, éstos, por ser manifestaciones de la sustancia, constituyen el camino natural para llegar a conocer lo que esa sustancia es, su naturaleza o esencia: por ejemplo, a partir de los accidentes del hombre -de su figura, de sus operaciones propias- llegamos a descubrir su esencia, que es la de animal racional. De este modo, partiendo de lo más externo del ente, llegamos a lo más interior; desde sus manifestaciones más periféricas, nos adentramos hasta su núcleo sustancial.

e) De la sustancia a los accidentes. Cuando hemos descubierto lo que una cosa es, su esencia, ese conocimiento constituye como una nueva luz, más intensa, que ilumina todos los accidentes derivados de esa sustancia, permitiéndonos adquirir una noción más adecuada de cada uno de ellos y de sus relaciones mutuas: no los entendemos ya como simples modificaciones externas de «algo» que aún no sabemos qué es, sino como la manifestación natural y propia de un modo de ser concreto y específico. Siguiendo con el ejemplo del hombre, el conocimiento de su esencia nos permite encuadrar mejor sus diversos accidentes, captarlos como dependientes y derivados de la naturaleza humana, atribuyéndoles así su significado justo. Percibimos las distintas actuaciones humanas, por ejemplo, como fruto de una actividad racional y libre -consecuencia de una esencia específica-, y les otorgamos su verdadera dimensión. Por ejemplo, aunque obtuviéramos una descripción muy detallada de la conducta humana y lográramos medir cuantitativamente muchos de sus aspectos, si desconociésemos la esencia del hombre -y, por tanto, que posee un alma espiritual e inmortal-, nuestro conocimiento de esa conducta sería muy pobre, ya que no la entenderíamos en su verdadera dimensión de actividad racional y libre.

En resumen, nuestro conocimiento se inicia en los accidentes sensibles, entendidos como determinaciones de algo que tiene ser, esas propiedades nos llevan a conocer la esencia; y, a su vez, captamos los accidentes como derivados de esa sustancia, obteniendo así, un conocimiento superior de ellos. Este proceso no se cumple una sola vez, sino que constantemente realizamos ese ir y venir de los accidentes a la sustancia y de la sustancia a sus expresiones accidentales, logrando paulatinamente un conocimiento más profundo de una y otros.

BIBLIOGRAFÍA

ARISTÓTELES, Metafísica, VII, cc.1-6 CC. 1-6. SANTO TOMAS, In metaph,VII, lect.1. C.G. I, 25. R.JOLIVET, La notion de substance, (Essai historique et critique sur le développement des doctrinas d'Aristote á nos jours), Beauchesne, Paris 1929. A. FOREST, La structure métaphysique du concret selon saint Thomas d’Aquin, 2° ed., Vrin, Paris 1956. J. HESSEN, Das Substanzproblem in der Philosophie der Neuzeit, 1932.


[1] No hay que confundir el ser en sí o subsistencia con el concepto racionalista de autonomía. Así, DESCARTES afirma que «por sustancia no podemos entender más que la cosa que existe de tal modo que no tiene necesidad de ninguna otra para existir» (Principes de la philosophie I, 51l). A partir de esta definición SPINOZA concluirá que existe una sola sustancia que es la Naturaleza o Dios (Cfr. Ethica, I, definiciones, 3)

[2] Compete a la filosofía de la naturaleza determinar cuándo hay una sustancia distinta de otra en el mundo inanimado. Es la cuestión de los llamados criterios de sustancialidad. En el mundo de los vivientes no se plantean estos problemas, pues es claro que cada individuo es una sustancia.

[3] TOMAS DE AQUINO, De veritate, q.27, a.1, ad 8. 

[4] Idem, In I Sententirum, d.8, 1.4, a.3

[5] ARISTOTELES opone a la concepción parmenídea de un ser unívoco el concepto análogo de ente. Todas las realidades son entes, peo no del mismo modo; en sentido propio es ente la sustancia y todo lo demás sólo por relación a ella. Este descubrimiento aristotélico supuso un decisivo progreso en el conocimiento metafísico de la realidad.

[6] Conviene precisar el alcance de esta afirmación en dos puntos. Por una parte en Dios, Ser simplicísimo, no existen accidentes que puedan perfeccionar su plenitud de Ser. Por otra, en la Eucaristía después de la transubstanciación, los accidentes de pan y vino permanecen de manera milagrosa sin inherir en ninguna sustancia. El primero de estos puntos se estudia en la Teología natural; el segundo, en la Teología sacramentaria, que presupone la fe sobrenatural.

[7] De alguna manera (per accidens) los sentidos alcanzan también a la sustancia: y así, el ojo no ve un color sin más y aislado, sino un objeto coloreado; el tacto no capta una extensión independiente, sino una sustancia extensa. Sin embargo, sólo la inteligencia advierte la sustancia en cuanto tal, percatándose de su diferencia con los accidentes.

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