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La unidad del ente

por Romen
miércoles, 05 de agosto del 2009 a las 21:33

La nocion de uno:

La palabra castellana “uno” proviene de la latina unus que propiamente significa “uno solo” o “unico”. Pero no es ese el sentido ordinario que la susodicha palabra tiene en castellano. Pues, por una parte, “uno” significa lo que est´pa unido en sí mismo, lo que no está disgregado o disperso; y por otra, también significa lo contrapuesto a “otro”, lo que se distingue de otro.

En realidad, la noción en la que se apoya esta otra de “uno” es la noción de “división”, y así “uno” significa lo que no está distinguido ni separado de sí mismo; pero sí que lo está respecto a cualquier otra cosa. Como decían los escolásticos:

 

Indivisum in se

 et

divisum a quolibet alio

Si bien cada cosa es una o indivisa en sí, es sin embargo, distinta de las demás cosas, está dividida o separada de las demás. Y entonces es cuando se descubre la contraposición entre lo uno  y lo otro, entre cada cosa que es una, y las otras cosas, que también son unas, pero distintas de la primera. Y así llegamos a la tesis antes enunciada: “cada cosa es indivisa en sí misma pero dividida o distinguida de las demás”

En este asunto, pues, el orden de las nociones que aquí entran es el siguiente:

1° la noción de ente

2° la noción de no-ente

3° la noción de división entre el ente y el no-ente

4° la noción de indivisión (no-división) que es precisamente la noción de uno

5° la noción de división de uno respecto de otro, que lleva  necesariamente  consigo la noción de “muchos” o de “varios”.

1. LA UNIDAD TRASCENDENTAL

Tratamos aquí de la unidad propia del ente, que significa no que exista una sola cosa, sino que cada existente es en sí mismo indiviso, tiene cierta unidad.

Esa cohesión interna se da en las cosas según diversos grados: no es lo mismo la unidad de una sustancia, la de una familia, la de la sociedad civil o la de un artefacto. Sin embargo, es un dato de experiencia que todo ente, en la misma medida en que es ente, es uno: la destrucción de la unidad, la división interna, comporta necesariamente la pérdida del ser. Si un coche se desmonta, deja de ser lo que era; y mientras cada pieza continúe por su lado, difícilmente puede seguir considerándose un coche. Si el cuerpo humano se disgrega, se disuelve con él la unidad sustancial del hombre, el alma deja de informar al cuerpo, y esa persona muere; y viceversa, cuando el alma se separa del cuerpo, desaparece la unidad vital del organismo: los tejidos se descomponen, los distintos miembros pierden la integración que hacía de ellos un todo único. La unidad va siempre ligada al ser, por eso los animales, las personas y las sociedades de los más diversos géneros custodian con tanto ahínco su unidad: está en juego su misma supervivencia.

Antes de seguir adelante, conviene distinguir la unidad trascendental, que acompaña a todo ente, de la unidad cuantitativa[1]. Esta última es consecuencia de la materia, y principio del número que resulta de su división: al seccionar un trozo de cuarzo, por ejemplo, obtenemos 2, 3 o más pedazos distintos, que provienen de la división de la cantidad. La unidad cuantitativa, por seguir al accidente cantidad, se encuentra sólo en las sustancias corpóreas, y con eso queda claro que no es un trascendental: su estudio no corresponde a la Metafísica, sino a la Filosofía de la Naturaleza o Cosmología.

Ente y unidad

La unidad trascendental no es otra cosa que la indivisión propia del ente. No añade nada real a las cosas, sino sólo la negación de división interior, la indivisión que todo ente posee de suyo, por ser ente: del mismo modo que al topo, que por naturaleza no ve, no le agregamos nada real al llamarle ciego.

En nuestro conocimiento, sin embargo, la noción de uno se presenta como una explicitación del ente: pone de manifiesto la ausencia de división interna de cualquier realidad. Es notorio, por tanto, que la aprehensión del ente es anterior a la de la unidad. Sólo después de conocer de algún modo el ente -un árbol, pongamos por caso-, junto con su distinción respecto a las demás cosas, se llega a comprenderlo como uno, es decir, como un ente -o árbol- en sí, y diverso de los demás. La unidad defiende, afirma, y explicita la realidad del ente. La unidad es siempre entendida como algo del ente, un aspecto suyo.

Uno y ente en realidad se identifican. Por eso, como el ente, la unidad se fundamenta en el ser. Cuando el ser es más noble, la cosa es más ente -más perfecta-, y goza de mayor unidad. En el caso de Dios se trata de una verdad palmaria. Dios es el Ser subsistente, no limitado y, por tanto, perfectísimo. Y al mismo tiempo es máximamente uno; no hay en El ningún tipo de composición, ni de esencia y ser, ni de sustancia y accidentes, materia y forma, potencias operativas y operación... El Ser máximamente uno y simple posee también la máxima e infinita perfección.

¿Sucede lo mismo en el ámbito de lo creado? En efecto: las criaturas más nobles poseen también mayor unidad. Los espíritus puros son más simples -más unos- que los hombres y que toda la creación material[2]. La esencia de los ángeles, por ejemplo, es simple, totalmente una: no hay en ella, como en la de los hombres, composición de materia y forma. Y eso comporta, según ya vimos, que cada ángel reciba en sí todas las perfecciones que competen a su especie; mientras que los hombres, precisamente por estar compuestos de materia y forma, no agotan todas las perfecciones propias de la especie humana. Menos composición, más entidad.

En la esfera accidental ocurre algo análogo. Y así, el obrar de una persona se dice y es más perfecto en la medida en que es más unitario, más integrado: en cuanto las distintas potencias se subordinan más íntimamente a su entendimiento y a su voluntad, y en cuanto todas sus actuaciones se enderezan a la persecución de un único objetivo supremo.

GRADOS Y TIPOS DE UNIDAD

La noción de uno tiene varios sentidos, que siendo distintos, como en verdad lo son, también son semejantes, o sea que se trata de una noción análoga. Porque si uno, aplicado a una cosa cualquiera, significa ciertamente siempre que esa cosa está unida, es claro que dicha unión no es igualmente sólida o igualmente estrecha en todos los casos, pues hay cosas que tienen una unidad mayor que otras. Y por otro lado, también lo uno significa división, distinción o separación de cada cosa respecto de las demás, e indudablemente, en esa distinción o separación,hay asimismo muchos grados, pues no todas las cosas se distinguen igualmente de las otras, sino que unas se distinguen más o menos.

A los diversos grados de ser siguen, pues, distintas clases de unidad. La unidad más perfecta, la de simplicidad, es la del ente que carece de partes o de pluralidad de principios y elementos constitutivos: Dios.

Las criaturas, en cambio, poseen una unidad más rebajada, que alberga en sí una pluralidad de elementos. Se la denomina unidad de composición. En los seres finitos, los grados de unidad dependen de los niveles de composición que haya en ellos. Puede distinguirse así la unidad sustancial, la accidental y la unidad de orden; y dentro de la unidad sustancial, la de las criaturas puramente espirituales y la de las compuestas de materia y formas.

a) Los entes que más se aproximan a la simplicidad de Dios son los puramente espirituales (los ángeles), compuestos, en la esfera sustancial, sólo de esencia y acto de ser. Como el ser es recibido en la forma espiritual angélica, hay en el ángel cierta composición. Pero en relación a su modo de ser concreto, específico, la esencia del ángel no se divide en otros individuos: existe en cada especie un solo ángel, que agota todas las perfecciones propias de esa especie. Por otra parte, la esencia de los ángeles es espiritual, de modo que nada puede dividirse o separarse en ella: son indivisibles en acto y en potencia. Este mayor grado de unidad se manifiesta también en su actuación. Los ángeles denotan, por ejemplo, una gran simplicidad en sus operaciones intelectuales: conocen más cosas y mejor que la inteligencia humana, con un proceso de conocimiento no discursivo, que no necesita recurrir a los sentidos ni a la abstracción, ni comparar unas ideas con otras.

 b) Un grado inferior de unidad se observa en los entes materiales. En primer lugar, poseen una estructura más compleja: además de la composición de ser y esencia, esta última necesita de la materia para subsistir. Por esta razón las cosas materiales son corruptibles, pues cuando la materia se indispone, provoca la separación de la forma, y el ente deja de ser. Además, son divisibles, porque tienen el accidente cantidad: las partes extensas pueden separarse unas de otras dando lugar a la disolución del todo.

c) La unión entre la sustancia y el accidente es menor que la que existe entre los principios de la sustancia. La conjunción de esencia y ser, materia y forma, da lugar a una unidad íntima, que no puede perderse sin que a la vez el ente deje de ser: si el alma se separa del cuerpo el hombre muere. La unión de sustancia y accidente (hombre blanco) origina una unidad de rango inferior, porque el ser del sujeto no depende de su unión con el accidente: cuando el hombre palidece o enrojece no deja de ser hombre.

Como ya se vio al hablar del acto de ser, estos tres tipos de composición reciben su unidad del «esse», acto último y radical del que participan todas las perfecciones del compuesto.

d) Otro tipo de «unum» es la unidad de orden, que se basa en el accidente relación: son unidades de orden, por ejemplo, un ejército, la familia, la sociedad civil, etc. La unidad de orden está compuesta por sustancias, es un conjunto ordenado de sustancias, pero ella misma no tiene una forma sustancial propia; su «forma» es el mismo orden entre las partes, las relaciones que vinculan mutuamente a los individuos; por ejemplo, las relaciones de paternidad y filiación, junto con las de fraternidad, dan origen a la familia. El punto de arranque de estas sociedades, y como su fundamento, es la coincidencia de todos sus componentes en un mismo fin; así, la familia tiene como función el propagar la especie humana, y de ahí surge su estructura y las relaciones entre sus componentes.

A la unidad de orden se asimila la unidad de agregación, que resulta de un conjunto de elementos sin orden alguno mutuo (un montón de ladrillos). También es semejante la unidad de causa y efecto, la del agente y su instrumento, etc.: por ejemplo, la que existe entre un conductor y su automóvil.

3. LA MULTIPLICIDAD

La multiplicidad («multitudo») se opone a la unidad, como lo dividido a lo indiviso: los entes, en cuanto divididos unos de otros, son múltiples. En el orden de nuestras aprehensiones, la división sigue a la noción de ente y a la de no ente, y señala la distinción entre uno y otro: primero captamos un ente -un hombre, un perro-; advertimos luego que ese ente se contrapone a otros (este ente no es aquel otro); de esto se sigue el conocimiento de la separación y distinción entre los entes. Entonces entendemos la unidad de cada uno como indivisión interna, como ausencia de separación intrínseca. La multiplicidad, por fin, añade un nuevo conocimiento negativo: la privación de unidad entre unos entes y otros; es decir, su carácter múltiple, supuesta la unidad intrínseca de cada uno.

La multitud que corresponde a la unidad trascendental no añade a las cosas múltiples  más que la distinción, lo cual se echa de ver en que cada una de ellas no es la otra. La unidad trascendental significa el ente mismo en su indivisión y la multitud correspondiente expresa las cosas que se dicen muchas con la unidad de cada uno y la distinción entre todas.

El proceso, necesariamente esquematizado y «desencarnado», sería poco más o menos el siguiente: ente, no ente, división (este ente no es aquél), unidad (o negación de división interna), multiplicidad (o negación de identidad entre muchos): lo múltiple es lo que está constituido por muchos «unos».

Multiplicidad de cosas significa que no son una sola, que no hay perfecta unidad. Se observa entonces que la noción de multitud depende de la de unidad, y no al revés: pues uno no significa negación de multitud, sino de división. De lo contrario, la noción de ente dependería de la noción de múltiple.

Por eso, muchas cosas no pueden constituir una multitud si cada una de ellas no goza de una cierta entidad y unidad. Lo colectivo no priva de lo individual; es más, la comunidad de cosas es necesariamente posterior a la constitución en el ser de cada una de ellas, de modo que no podría haber multitud si la previa unidad intrínseca de las partes, lejos de permanecer, se diluyera en lo colectivo. Por eso, frente al colectivismo marxista, debe afirmarse que la sociedad sólo posee realidad en cuanto participa del ser de cada uno de los individuos, y por lo tanto de su unidad individual; añadiéndose a esto la relación que entraña el orden entre los componentes de esa sociedad.

La multitud sigue a la unidad, y por eso pertenece de algún modo a los trascendentales, aunque la multitud sólo es propia del ser creado: Dios es Uno y Unico. Lo múltiple, sin embargo, no hace referencia a la unidad sólo para negarla: su dependencia respecto a la unidad es tal que toda multitud tiene una cierta unidad, pues todo lo que es, es uno en cierto modo. Así, muchas partes forman la unidad de un compuesto o dan lugar a una unidad de orden; muchos individuos son uno en cuanto a la especie; diversas especies convienen en un mismo género, y los individuos de distintos géneros tienen en común el ser entes, el participar de un acto análogo, que es el ser.

Por eso, la multiplicidad indica siempre una cierta unidad, pero sin llegar a expresaría completamente.  Ejemplo: el universo. La multitud de entes que componen el universo refleja de alguna manera la unidad del ser y de su Causa, pero de modo imperfecto. Muestra de modo múltiple y dividido una semejanza de la infinita y simplicísima perfección de Dios. De ahí que, en cuanto unidad imperfecta y perfección limitada, la multiplicidad nos invite a buscar la perfecta Unidad e ilimitada Perfección, que es Dios[3].

La multiplicidad trascendental se diferencia de la multiplicidad cuantitativa de manera análoga a como difieren el uno trascendental y el uno cuantitativo. La pluralidad cuantitativa o material se deriva de la unidad que es principio del número, y depende, como ella, de la composición de forma y materia: se halla únicamente entre las criaturas corpóreas. La multiplicidad trascendental o formal, en cambio, es mucho más amplia, y se extiende a todos los entes creados, materiales o puramente espirituales. Esta multitud requiere que los elementos que la constituyen sean intrínsecamente unos: resulta de la división realmente existente entre todas las cosas, que da lugar a la multitud que no está en un género determinado, sino entre los trascendentales.

4. NOCIONES DERIVADAS Y OPUESTAS A LA UNIDAD

La identidad, la igualdad y la semejanza son relaciones entre entes derivadas de la unidad. En el lenguaje ordinario, el significado de estas nociones es algo fluctuante, pero en filosofía su sentido es bien preciso:

a) Lo uno en la sustancia es idéntico. En sentido estricto, la identidad dice conveniencia de una cosa consigo misma. En sentido lato, significa la coincidencia de cosas distintas en algo común (la especie, el género, etc.); así decimos que este caballo y aquél son específicamente idénticos.

b) Lo uno en la cantidad es lo igual;  ya sea en sentido propio (dos casas igual de altas); ya en sentido impropio, como «cantidad» de virtud o perfección (dos hombres igual de fuertes o de sabios).

c) La unidad en la cualidad es la semejanza: dos personas semejantes por su prudencia, por su color, por su temperamento.

 La  diversidad, diferencia y distinción son relaciones entre entes, opuestas a la unidad.

a) La diversidad es la multitud en la esencia, y se opone a la identidad: así decimos que un hombre y un perro son diversos, según su esencia.

b) La diferencia es un tipo de diversidad: son diferentes las cosas que convienen en algo, pero son diversas en otro sentido. Pedro y Juan pueden convenir en ser ingenieros y diferenciarse en que uno es ingeniero textil y el otro naval.

c) La distinción es la negación de identidad. Puede hacer referencia al orden de la sustancia y a sus principios constitutivos, a la cantidad o a la relación. Por ejemplo, decimos que la naturaleza del hombre se distingue de la del perro, que la materia es distinta de la forma, el número 4 distinto del 3, o que los extremos de una relación son realmente distintos.

Se aplica especialmente a los principios constitutivos de algo, y que no están separados entre sí, siendo distintos. Se habla, por ejemplo, de distinción real entre esencia y acto de ser, o entre materia y forma. En cambio, son distinciones de razón las que establece nuestra mente acerca de aspectos que realmente se identifican (por ejemplo, entre ente y verdad la distinción es de razón, no real).

Con frecuencia distinto (en latín, alius) se refiere al suppositum; en cambio, diverso indica siempre distinción de naturaleza, es decir, diferencia. Por esto, en teología, se dice que las Personas de la Santísima Trinidad son realmente distintas (alia est enim persona Patris, alia Filii, alia Spiritus Sancti: «Símbolo atanasiano», 5), y sin embargo, no son diversas ni diferentes, porque cada una es Dios, se identifica con la naturaleza Divina.

5. EL «ALGO» (ALIQUID)

Hemos visto que «algo» (aliquid) equivale a otro qué (aliud quid), y expresa la característica del ente de ser una cosa distinta respecto a las demás, en el seno de la multiplicidad de los entes creados: este hombre es otro que aquél

Cuando decimos que este hombre es «algo», nos referimos a su unidad, pero poniéndola en relación a las demás cosas, en cuanto que la unidad implica la indivisión intrínseca y la segregación respecto de las otras unidades. Este trascendental, por consiguiente, viene a resolverse en la unidad, y contribuye a explicitar su contenido.

En cierto sentido, «algo» significa también que el ente es el opuesto perfecto del no-ente en absoluto (de la nada): «esto ya es algo, antes no teníamos nada». Por último, «algo» puede significar también la esencia individual conocida de un modo indeterminado (por ejemplo, cuando decimos que aquello es algo: «en ese lugar hay algo que atrae»); y desde este punto de vista se aproxima al trascendental «cosa» (res) 

 

IDENTIDAD Y DIFERENCIA[4]

Frecuentemente partimos al hablar de la unidad de los entes físicos. A partir de ello hablamos como hasta ahora de unidad de simplicidad y de composición. Tal vez el riesgo está en ver la unidad en un sentido “cosístico” por lo cual se hace necesario examinar si no hay otras perspectivas para hablar de ella.

Es interesante por ello partir de la experiencia del conocimiento humano.

Cuando nos ponemos en contacto con la realidad, la actividad unificadora del intelecto elabora un el concepto universal que luego se predica de los individuos.

Esta elaboración de un concepto único se fundamenta en la unidad real que hay entre los diferentes individuos.

En esta predicación ya observamos cómo  la individualidad (diversidad) no se opone a la universalidad (unidad)

Por ejemplo, el concepto hombre, lo aplico a diferentes individuos: Juan, Diego, Sofía..... Los diferentes hombres coinciden en su ser humano, pero no abstractamente,

el ser hombre, Juan, Diego, Sofía es lo que los constituye en su respectiva realidad individual y concreta.

Los hombres coinciden entre sí porque siempre son hombres individuales.

Al afirmar la unidad recíproca de los hombres no negamos su recíproca diversidad.

Ahora bien, esta unidad no es la unidad sensible, visible, palpable de los entes materiales: p.ej. la unidad de un motor: continuidad de partes yuxtapuestas que no se interpenetran ni se identifican entre sí.

Hablamos de una unidad como dato apriorístico que surge en nosotros a través del contacto con la realidad, pero que ha de desarrollarse por cuanto que, normalmente, viene coexperimentada.

a)     Experimentamos nuestro cuerpo como una unidad (me duelen los pies....) Esta unidad es vivida en nuestra conciencia y es distinta de la unidad de una máquina.

b)    En nuestra conciencia no sólo vivimos la unidad de nuestro cuerpo, sino la unidad supra-espacial y supra-temporal de todos los objetos que conocemos. (Presencia del pasado y las cosas separadas de mi) (Presencia  no espacial)

c)     Identidad entre los objetos conocidos y la conciencia cognoscente. Unidad que es identidad (condición indispensable del conocer) es identidad efectiva aunque no es mezcla física del conocedor y lo conocido.

Lo que es realmente unidad hay que entender desde esta experiencias. El modelo de unidad es el del cognoscente y lo conocido: allí se da identidad y diferencia a la vez, cognosecere est fieri aliud in quantum aliud (S.Th. I q 14 a 1)  La presencia del objeto en el sujeto es mucho más íntima que la forma en su materia, pues mientras aquí se trata de unión, allá se trata de verdadera identidad intencional o inmaterial.[5]

En los procesos espirituales se advierte que la unidad no excluye la diversidad, sino que la supone.

Para las relaciones interpersonales  (al menos en su forma positiva de amistad o de amor) cuenta sobre todo esta ley: “cuando mayor es la unidad, tanto mayor es la diversidad”. Es decir, que cuanto más salen de sí mismas las personas ligadas entre sí, en una medida tanto mayor se realizan a sí mismas. Esta misma ley podemos encontrarla en el proceso cognitivo como señalabamos arriba y cuando se habla de la autoconciencia, pues ella se caracteriza porque el yo se identifica consigo mismo y a la vez se distancia de sí.

La unidad y la diversidad se excluyen sólo si hacemos una consideración objetivo-cosificada.

BIBLIOGRAFIA

ARISTÓTELES, Metafisica, lib. IV, V y X. SANTO TOMÁS DE AQUINO, In metaph., lib. IV, V y X. JUAN DE SANTO TOMAS, Cursus theologicus, I, q. 11, disp. 11. L.OEING-HANHOFF, Ens et unum convertuntur. STellung und Gehalt des Grundsatzes in der Philosophie des hl. Thomas von Aquin, Aschendorffsche Verlagsbuchhandlung, Münster 1953;  WEISMAHR, B. Ontología, Barcelona, 1986.



[1]  Los pitagóricos y PLATÓN, por ejemplo, dan muestras de esta falta de discernimiento, cuando afirman que los números constituyen intrínsecamente la realidad; para ellos, el principio del numerar (unum quantitativum) no agrega nada a la entidad de las cosas y, por tanto, se identifica con el unum trascendentale. También AVICENA incurre en la misma confusión, procediendo en sentido inverso: si la unidad cuantitativa es un accidente, la unidad trascendental también lo es, porque -al igual que el ser~ se añade accidentalmente a la esencia (cfr. AVICENA, Metaphysica, lib.V, cap. l).

[2]  Aunque la existencia de los ángeles se conoce por revelación, ya los antiguos hablaban de sustancias separadas de la materia como de los entes más semejantes a Dios y, por tanto, dotados en su naturaleza de mayor perfección y unidad. ARISTÓTELES Se refiere a una antiquísima tradición heredada de sus predecesores cuando, en el libro XII (c.8. 1074 b) de la Metafísica, los llama dioses.

[3] Desde los orígenes del filosofar, el tema de lo uno y lo múltiple ha ocupado un puesto central en la especulación metafísica. PARMÉNIDES reparó en que la unidad iba inseparablemente vinculada al ser, pero no supo explicar la multiplicidad. HERÁCLITO, aceptando la insoslayable realidad del cambio y la multiplicidad, se afanó en buscar una razón de unidad, que creyó encontrar en el Logos. Los neoplatónicos despliegan una filosofía que puede ser tildada de metafísica del Uno: todo gira en tomo al Uno, Primer Principio que está más allá del ser. La multiplicidad intenta justificarse como degradación emanada del Uno.

En los últimos siglos, el criticismo kantiano intentó unificar lo múltiple desde una instancia gnoseológica; sin embargo, desde una perspectiva metafísica, conserva su irreductible pluralidad, que emerge en forma de noumeno incognoscible, más allá de toda experiencia dada. El idealismo propende hacia la filosofía de la identidad, unidad indiferenciada de sujeto y objeto, como en SCHELLING, o unidad dialécticamente diferenciada como en HEGEL. En cualquier caso la multiplicidad queda subsumida en la unidad del Yo o en la unidad del Logos.

Sólo el pensamiento aristotélico-tomista da con la solución adecuada. Salvaguardando la trascendencia del Uno por esencia, Dios, afirma la multiplicidad como procedente del Uno, y al mismo tiempo entiende esa multiplicidad como pluralidad de unidades, es decir, como algo que no antecede a la unidad sino que se deriva de ella.

[4] Ver Weismhar, B. Ontología, p.94 ss.

La inteligencia del ser se decide en la comprensión de la analogía.

La analogía consiste en que cada ente realiza el mismo ser de la manera que siempre le es propia y que es distinta de los otros entes.

Aquí se dice dos cosas:

a)      que ningún ente se puede concebir como algo aislado que no esté en conexión con otros entes, sino que está más bien en comunión ontológica real con todos los otros entes

b)     que cada ente, en virtud de la realización ontológica que le es propia, es un ente individual, distinto de los otros.

El ser es tanto lo común a cada ente como lo individual de cada uno. Por su ser  el ente es idéntico a todos los otros y de todos los otros distinto. El ser supone, por tanto, una identidad y una diferencia. Ninguno de estos elementos está subordinado al otro. Identidad y diferencia son elementos ontológicos referidos el uno al otro, en una medida mayor o menor según el grado de ser del ente, y en correspondencia perfecta.

 

1.     Entre los entes hay diferencias en los grados de ser. (esto es una experiencia ontológica fundamental del hombre, exigida por la idea de evolución)

2.     La identidad y diferencia de los entes en el ser se manifiesta más claramente cuanto mayor es la perfección ontológica de los respectivos entes.

Cuanto más participa un ente del ser ètanto  más perfecto es è tanto más realiza el ser

En consecuencia tanto más participa en aquello  que constituye la realidad común de los entes, y por ende más se identifica con todos los otros.

Cuanto más es él mismo, tanto más realiza el ser de la manera que sólo a él le corresponde, y en consecuencia tanto más se distingue de todos los otros entes.

 

Hay dos tipos diferentes y mutuamente contrapuestos tanto de identidad como de diversidad.

a)      Una identidad que viene dada en virtud del ser común de los entes

b)     Una identidad que está dada por la deficiencia de la diferente manera de ser, individual y propia, de los entes. Esta identidad s aparece tanto más cuanto menor es la capacidad ontológica de un ente.

c)      Una diversidad que está dada en virtud de la manera ontológica siempre individual y propia de los entes. Esta diferencia crece de conformidad con la altura ontológica de los entes, no surge porque a un ente le corresponda algo que otro no tiene, sino porque el mismo ser siempre se realiza de modo distinto, en una manera siempre individual.

d)     Una diversidad que viene dada en virtud de la deficiencia en el ser común a los entes.. Esta diferencia está tanto más marcada cuanto menos ser tiene un ente. Esta diversidad tiende a eliminar cualquier universalidad, es como la diferencia de  los entes que nada tienen que ver entre sí.

 

[5] Derisi, O., La doctrina de la inteligencia de Aristóteles a Santo Tomás, Club de Lectores, Bs. As. 1980; pg. 62

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Romen

Romen escribió esta anotación hace 3 meses. En ella habla sobre Metafísica, Trascendentales y Unidad.

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